El otro blog para cosas más serias

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sábado, 26 de mayo de 2018

Ser nacionalista (del Estado-nación) es de izquierdas. O, al revés: los Estados-nación han sido el vehículo de la solidaridad

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Un recado para los izquierdistas de todos los partidos que se muestran muy preocupados por el renacimiento del nacionalismo español. Esto dice Noam Gidron en Vox

Aunque muchos dan por sentado que hay una contradicción inherente entre el nacionalismo y la izquierda política, tal no existe ni histórica ni filosóficamente. A lo largo del siglo XX, los progresistas tuvieron más éxito en la movilización por la justicia social cuando hablaban en nombre de la solidaridad nacional en lugar de centrarse exclusivamente en los intereses de clase o en nociones abstractas de justicia. Los izquierdistas a menudo citan el adagio de que el patriotismo es el último recurso del sinvergüenza, y con razón. Pero también es importante recordar que las instituciones igualitarias que apreciamos se sostienen gracias a un profundo sentido de compromiso nacional

…al renunciar a hacer llamamientos a la solidaridad nacional, la izquierda ha olvidado el argumento político básico que tan útil le fue en el pasado: que de los lazos que unen a nuestras comunidades nacionales emerge un profundo compromiso con el bienestar, el bienestar, y la estima social de nuestros conciudadanos lo que responde a una intuición moral básica : tenemos obligaciones profundas y amplias para con aquellos que consideramos nuestros, basados ​​en un sentido compartido de participación en una comunidad del destino, o más simplemente, con base en nuestra identidad nacional compartida.

Tras explicar que la izquierda tiene poco que ganar de la apelación al sentimiento humanitario universal (Adam Smith sigue mandando en nuestras intuiciones morales) o en apelar a la lucha de clases entre los ciudadanos de una misma nación, tiene mucho más que ganar apelando a la solidaridad entre todos los miembros de la nación-Estado. Las grandes transformaciones sociales puestas en marcha por los socialdemócratas suecos, los laboristas británicos o los progresivos norteamericanos en el siglo XX se hicieron apelando al “pueblo” sueco, británico o norteamericano, esto es, a la nación. Y las políticas socialdemócratas reforzaron la solidaridad nacional. La solidaridad nacional es la más transversal de las apelaciones ya que alcanza a toda la ciudadanía. Hay, pues, un nacionalismo progresista

el sociólogo de Harvard Bart Bonikowski descubrió que una interpretación progresiva del nacionalismo es más frecuente de lo que muchos imaginan. En contraste con el enfoque común de considerar a las personas como más o menos nacionalistas , Bonikowski distingue entre diferentes tipos de identidades nacionales. Al analizar los datos recopilados en 34 países (incluido EE. UU.), Demuestra que alrededor de la mitad de la población en muchos países occidentales se ajusta a lo que él llama el tipo "nacional liberal".

Este grupo se caracteriza por un fuerte orgullo nacional y una visión inclusiva de la comunidad nacional. Este grupo expresa un alto grado de orgullo en el Estado-nación (expresado en devoción a instituciones nacionales que van desde equipos deportivos hasta cuerpos democráticos), y percibe que ser miembro de la comunidad nacional se basa en un sentimiento subjetivo de pertenencia. Tal perspectiva abre la puerta para la integración exitosa de las minorías… Un llamamiento progresista a la solidaridad nacional debe verse como una exhortación a renovar nuestras obligaciones morales hacia los demás dentro de nuestra comunidad nacional, no como un llamamiento a la  xenofobia.

Noam Gidron, The left shouldn’t fear nationalism. It should embrace it. Vox 2018

¿Refutada la explicación social del gran tamaño de los cerebros humanos? Sólo la que pone el peso de la explicación en la competencia entre individuos

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Uno de los autores del trabajo publicado por Nature (Mauricio González Forero, el otro es Andy Gartner) explica en este post por qué es importante su trabajo (v., también este resumen del trabajo hecho por el mismo autor en The Conversation; esta entrada de Nature de Richard McElreath, que explica el contenido del trabajo y esta columna de Brian Resnik en Vox. Resumo todas ellas a continuación).

Para empezar, cambió la pregunta: “quería saber qué pudo generar un cerebro de un peso de 1,5 kilogramos para un peso de todo el cuerpo de 50 kilos” y no sólo “qué es lo que favorece que el tamaño del cerebro aumente”. Y para contestar a esa pregunta, hacía falta un “modelo que arrojara predicciones cuantitativas”. Y, para que se tratase de un modelo suficientemente simple, el autor prescindió de los efectos de la sociabilidad humana sobre el tamaño relativo del cerebro. De esa forma, podía, además, refutar las hipótesis según las cuales fue un aspecto de la ultrasocialidad humana lo que favoreció el aumento del tamaño relativo del cerebro. Según esta tesis, la competencia en el seno del grupo habría de favorecer a los individuos con mayor capacidad cognitiva que se reproducirían más diferencialmente. Esta hipótesis presentaba la debilidad de que difícilmente podía asegurar que la correlación positiva entre tamaño de los grupos y tamaño del cerebro respondiera a relaciones de causalidad (podría ser que los miembros de esos grupos tuvieran una inteligencia mayor por otras razones que no tienen que ver con los problemas sociales que enfrentaban y que esa mayor inteligencia les permitiera resolver problemas sociales más difíciles que a los de otras especies) y, al ser un juego suma cero, el coste marginal de cada aumento del tamaño del cerebro sería creciente (cada vez costaría más vencer a los otros en la competición sin que el tamaño de la recompensa aumente). Y no respondía a la pregunta:

¿Cómo ayudaba un cerebro tan costoso energéticamente y tan desproporcionadamente grande en relación con el cuerpo hasta el punto de retrasar el crecimiento de éste a la supervivencia de los humanos? 

Al respecto hay tres hipótesis. Las tres asumen que gracias a que éramos más inteligentes, podíamos capturar más energía de la alimentación que nuestros primos los demás primates

  • la ecológica viene a decir que un cerebro más grande – una mayor capacidad cognitiva – permitió a los humanos mejorar su captura de energía, esto es, de alimentos. Para que se vea la relación entre inteligencia y más captura de energía vía alimentos, piénsese en el desarrollo de la capacidad memorística para recordar dónde encontramos comida la última vez o qué ruta seguía la manada de herbívoros que pretendemos cazar. Cuanto más arriesgado sea el entorno y más escasa sea la comida – la energía – más plausible es que la selección natural venga determinada por el entorno y que las presiones selectivas que impone ese entorno sean fuertes. Y, recuérdese, fue la expulsión del paraíso de la selva a la sabana (donde había más peligro de ser devorado y menos abundancia de alimento) los que nos hizo humanos.
  • la de la inteligencia social que es más amplia que la de la competición porque incluye también la cooperación. Así, si los humanos eran mucho mejores que otros primates cooperando en la caza y en la recolección y obtenían mejores resultados – extraían más energía de sus actividades de búsqueda de alimento – y esos mejores resultados se debían a que cooperaban mejor y cooperaban mejor gracias a que eran más inteligentes, la evolución del tamaño del cerebro humano se explicaría en la capacidad cooperativa de los humanos.  En el nivel individual, resolver los problemas que planteaba la convivencia social seleccionó cerebros más grandes

La razón por la que los problemas sociales han sido durante mucho tiempo la explicación favorita es porque parecen particularmente difíciles de resolver, desde cooperar con amigos para cazar animales grandes o atacar a otros grupos hasta engañar hábilmente a los enemigos o evitar ser engañados. Para resolver un problema social, debes anticipar cómo los amigos y los enemigos van a reaccionar a cada uno de tus movimientos. Esencialmente, estos problemas son objetivos móviles, que se cree que producen carreras de armamentos en los tamaños del cerebro que conducen a cerebros exagerados, y posiblemente a tamaños de cerebro humano.

Pues bien, del modelo de González Forero/Gartner, resultaba que

la falta de interacciones sociales y, por lo tanto, de competición entre los miembros de un grupo” no impedía explicar el aumento del tamaño del cerebro humano antiguo”

Al contrario, “la cooperación social y la competencia-competición” no permiten dar cuenta de una evolución hacia los tamaños del cerebro de los humanos, más bien provocarían una reducción de dicho tamaño porque “la cooperación permite a los individuos utilizar los cerebros de los otros miembros del grupo” y, por tanto, “invertir menos” en “producir cerebro”. Recuérdese – con Heath – que toda la evolución cultural de la humanidad puede explicarse como una constante “externalización” de capacidad cognitiva y de agencia. Desde la escritura – que nos permite no tener que almacenar en nuestra memoria datos e informaciones que nos pueden ser útiles – hasta cualquier máquina que sustituye la realización de operaciones que, de otro modo, habrían de realizarse manualmente por el individuo. Las presiones de la selección natural, pues, hablan en contra de que la cooperación promoviera el aumento del tamaño del cerebro y de nuestra capacidad cognitiva más allá de ciertos límites (si la cooperación es muy, muy intensa, lo más probable es que el grupo de individuos acabe convertido en un superorganismo). Por otro lado, si las relaciones entre los miembros del grupo son de competencia, y aumentar la propia capacidad cognitiva – como forma de ganar en dicha rivalidad – es muy costoso, sería preferible para los individuos de ese grupo reproducirse cuanto más pronto mejor en la vida como una estrategia “más barata” que la de producir un cerebro más grande. De manera que, el autor concluye, es más probable que sean las constricciones y exigencias ecológicas – las del entorno – las que expliquen la evolución y el crecimiento del cerebro humano junto con el desarrollo de la cultura, lo que, conjuntamente, explicaría por qué en otras especies, el cerebro no se ha desarrollado de forma semejante.

Muchos otros animales enfrentan problemas ecológicos muy difíciles. ¿Por qué no todos tienen cerebros grandes? Descubrimos que las dificultades ambientales solo llevan a cerebros del tamaño  del cerebro humano cuando las personas pueden seguir aprendiendo habilidades difíciles a medida que crecen. Esto puede suceder cuando los individuos aprenden de otros miembros de su grupo conocimientos que se acumulan culturalmente, como hacer fuego. De manera que nuestros resultados y los de otros sugieren que un entorno difícil y la acumulación de conocimiento cultural podrían actuar en concierto para producir un cerebro de tamaño humano.

El modelo que mejor explica las relaciones realmente existentes entre el tamaño del cerebro y el tamaño del cuerpo es aquel que asigna un 60 % a la hipótesis ecológica, un 30 % a la cooperación y un 10 % a la competencia ¡entre grupos!, no intragrupo. Es un resultado bastante intuitivo. La cooperación habría de contribuir a aumentar el tamaño del cerebro por la explicación cultural, esto es, porque los conocimientos adquiridos y acumulados culturalmente, quiere decir, socialmente, favorecerían la supervivencia de los grupos culturalmente más avanzados. Pero, en sentido contrario, si podemos confiar en mayor medida en el grupo para sobrevivir, la presión por aumentar las habilidades cognitivas individuales debería reducirse. Esta contraposición explicaría por qué la enorme habilidad humana para cooperar con los miembros de su mismo grupo (nunca había oído que se plantease la relación entre los miembros de un grupo en términos de competencia o competición) no explica una proporción mayor de la evolución del tamaño del cerebro humano.

Pero no echen las campanas al vuelo. Robin Dunbar – padre de las explicaciones competitivas – ha dicho lo siguiente

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